Antonio Gramsci

El odio de Gramsci se expande, ilumina, indigna

“Odio a los indiferentes” es el nombre de un artículo que Antonio Gramsci publicó el 11 de febrero de 1917. A los 26 años había terminado la universidad y escribía lo que podía a cambio de poco dinero. Lo imagino todavía temblando en su habitación de Turín, cubierto por una manta que le salvaba el otoño pero lo abrigaba tanto en invierno como guarda agua de mar un puño. Gramsci caminaba sin parar por su pequeñísimo cuarto para no congelarse. Odiaba muchas cosas y odiaba a los indiferentes.

La indiferencia social se convierte en una niebla que baja de las montañas y cubre la ciudad completa. Es una fuerza en sí misma que parece moverse a su antojo. Gramsci la llamaba “peso muerto de la historia”, “materia inerte en la que a menudo se ahogan los entusiasmos más brillantes”. Pero esa indiferencia no es más que la sumatoria de todos los indiferentes que componen el entramado social sobre el que se abate. Es una fuerza, pero no se mueve por sí misma. La fabricamos y movemos entre todos.

La indiferencia es apatía, es parasitismo, es cobardía, no es vida. Por eso odio a los indiferentes.

La indiferencia es otras dos cosas: la contracara de la voluntad y el nombre oculto detrás de la fatalidad. Fatalidad, igual que la erupción de un volcán. El resultado final de la indiferencia generalizada se parece a un evento sobre el que no tenemos más defensas que encerrarnos en nuestras casas y aguardar a que termine, para salir luego, evaluar los daños y adaptarnos a una vida peor. En la ciudad futura que imagina Gramsci “no hay nadie mirando por la ventana mientras unos pocos se sacrifican, se desangran en el sacrificio”.

Un terremoto; los recortes en sanidad y educación; descarrila un tren; tornados; la ley dice que el que no paga al banco debe ser deshauciado, que su casa no vale lo que su deuda, que está tan jodido que quizás tirarse de la azotea no sea una mala idea; estalla un volcán en Chile. Fatalidades.

Mientras la masa se mantiene indiferente, un grupo de manos “tejen la trama de la vida colectiva” y determinan el destino de su época, manipulándolo de acuerdo a sus estrechas visiones, objetivos inmediatos, ambiciones y pasiones personales. ¿Cómo es posible que el resultado de acciones interesadamente perjudiciales para el colectivo sea percibido como un fenómeno atmosférico? La respuesta somos nosotros mismos, los indiferentes.

Lo que ocurre no ocurre tanto porque algunas personas quieren que eso ocurra, sino porque la masa de los hombres abdica de su voluntad.

Supongamos que hemos vivido en un pueblo y hace un año nos mudamos a la ciudad. Durante ese año no conectamos de ninguna manera con la gente del pueblo y, cuando regresamos, lo encontramos prácticamente destruido. Casualmente un viejo conocido está rescatando las últimas pertenencias entre los escombros de la que fuera su casa. Nos ve, lo saludamos, le preguntamos qué ha ocurrido. El hombre nos cuenta que ha sido un tornado. Luego regresa y nos dice que en realidad el pueblo ha sido bombardeado. Viene una última vez y, antes de despedirse, corrige: nos cansamos del pueblo y lo destrozamos.

¿Qué ha ocurrido en el pueblo? Cuando el hombre se va ya no podemos saberlo, porque hemos estado lejos y no queda nadie a quién preguntarle. La indiferencia es estar lejos, pero del lugar en el que uno vive. Indiferencia es alejarse de las decisiones políticas, de la intervención social activa, de la construcción del futuro y de tu propia historia. Somos indiferentes y, por no estar nosotros defendiendo el interés colectivo, los aprovechadores hacen lo que se les antoja en beneficio propio. Con el dinero obtenido compran a narradores/publicistas que te contarán una mentira que tendrás que creerte, porque nunca has estado, nunca has visto y no conoces a nadie fiable que te pase información. Eso es lo que Gramsci odia.

Indiferentes y diletantes

El mismo mes y año que publica el “Odio a los indiferentes”, Gramsci escribe otro artículo que se llama “Políticos ineptos. Una verdad que parece una paradoja”. Aquí aparece otro concepto muy cercano al del indiferente: el diletante. Etimológicamente un diletante es aquél que se deleita. Y para la RAE se trata de alguien que cultiva algún campo del saber, o se interesa por él, como aficionado y no como profesional. El diletante es más bien espectador que participante.

Y el que aún hoy está en la ventana, al acecho (…) desahoga su desilusión vituperando al sacrificado, al desangrado, porque ha fallado en su intento.

Gramsci otorga un valor más profundo al término cuando lo aplica al gobierno y autoridades italianas. Dirá que “ignoran la realidad, ignoran la Italia que está formada por hombres que viven, trabajan, sufren, mueren. Son diletantes: no tienen simpatía (empatía) alguna por los hombres. Son crueles porque su imaginación no imagina el dolor que la crueldad termina por despertar.”

Es notable cómo el corazón indignado de Gramsci tiene espacio para compadecerse de los que sufren, pero también de un otro que es más diletante por no poder imaginar el dolor ajeno que por pura crueldad o perversión. El diletante se diferencia del indiferente en que ya se encuentra en un sitio de poder, es uno de esos que teje el destino de su pueblo y, por su propia condición de espectador que no empatiza, se deja dominar por ambiciones y pasiones personales, provocando sufrimiento a los indiferentes que perciben el resultado de las decisiones del gobierno como otra fatalidad, como lo inevitable. “El estado es ineficiente, privatizaremos sus empresas”, “El mayo más caluroso de los últimos diez años”, “Hemos vivido por sobre nuestras posibilidades, te quitaremos subsidios, ayudas escolares, medicinas”, “Terremoto en Nepal”.

Vivir es tomar partido

Odio a los indiferentes también porque me molesta su lloriqueo de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos por cómo ha desempeñado el papel que la vida le ha dado.

Ante esta situación Gramsci propone el ejercicio de la propia voluntad. Escribe: “Si yo hubiera cumplido con mi deber, si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, mis ideas, ¿habría ocurrido lo que pasó?” Con esta pregunta plantará cara a las personas de su entorno y les demandará dar cuentas de sus propias acciones. Es un acto de coraje personal y, también, un golpe a la quijada de los que dormitamos. “Vivo, soy partisano. Por eso odio a los que no toman partido, por eso odio a los indiferentes”. Vivir es tomar partido, por tanto sólo existen dos estados posibles: ejercer la propia voluntad o ceder la voluntad a los que nos dominan para que decidan nuestro futuro por nosotros y según sus intereses (ser un indiferente). La tercera opción es estar muerto.

Y como estamos rodeados de hipócritas que predican lo que jamás practican, me gustaría comentar que Gramsci fue elegido parlamentario en 1924 y debatió contra Mussolini, ya con muchísimo poder y a corto tiempo de convertirse dictador. El intelectual político, el hombre de voluntad, en solitario, gritó en el parlamento sus verdades obligando al Duce a dar explicaciones. Lo acusó de engañar a los campesinos con su falsa ideología, lo acusó de utilizar la ley para reprimir a las voces disidentes, los acusó a él y a sus secuaces, que lo cortaban con gritos, burlas y amenazas (Ver “Una ley liberticida”, intervención en la Cámara de los Diputados, del año 1925). Dándole la razón a Gramsci, Mussolini lo detuvo poco tiempo después. Alejado de su mujer y sus hijos, pasó cerca de diez años en prisión, donde escribió sus “Cuadernos de la Cárcel”, casi tres mil páginas de reflexión política, social y humana de una valía inestimable. Le permitieron salir en 1936 a causa de varias enfermedades que terminaron matándolo unos meses más tarde.

Muchos años antes Gramsci odiaba, repicando sus dientes en un apartamento helado, mirando a través de una pequeña ventana esa Turín que jamás se convertiría en su ciudad futura. Y si bien la esperanza no se hizo piedra, aquél enemigo impiadoso que condujo a Italia a la ruina y a Gramsci a prisión, terminó colgado en una plaza de Milán. Por su parte, el odio nacido de la inteligencia y la angustia de un estudiante humilde y hambriento, continúa expandiéndose y despierta conciencias, indigna e ilumina cada vez a más ciudadanos de un pueblo que se cansa de su propia estupidez.