Mi amigo el Indio

Tengo un amigo que se llama Indio

Tengo un amigo que se llama Indio. Es cantante, artista. Tuvo una banda de rock que se llamó Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota. Ahora canta solo. Mi amigo está enfermo. No sé que tiene, porque él no lo quiere contar y yo jamás se lo preguntaría. Sólo sé que la está peleando, igual que muchos.

Mi amigo no me conoce, pero es mi amigo, porque se sentaba a mi lado cuando nadie estaba alrededor y me cantaba poesía que yo rumiaba igual que una vaca de ocho estómagos. Cuando al día siguiente o en treinta y siete años alumbraba mi idea, tan auténtica, necesaria y bella como la bosta de esa particular vaca; yo era un chico nuevo, un joven nuevo, un hombre nuevo. Hace veinte años ya me advirtieron que esa forma de pensar era inmadura: ‘No son las canciones ni la poesía las que deben instruirnos’. Lo acepto. Por lo general, el producir mi idea-bosta no me convertía en nada mejor. No me convertía en nada. Muchas veces no había siquiera una idea. Sólo lloraba o saltaba o cantaba como cantan los perros tres veces antes que los Pedros nieguen al hombre, sí, igual que esos perros aullando tras cada traición, así ladraba yo. Él sabe lo que digo.

“Me acaban el cerebro a mordiscos, bebiendo el jugo de mi corazón y me cuentan cuentos al ir a dormir”. Yo Caníbal – Patricio Rey.

Mi amigo cantó una vez por un parlante de un bar pequeño en el que estábamos pocos. Recuerdo a mi amigo Ezequiel y otros de la universidad. Recuerdo que cerramos los ojos y dimos vueltas en círculos como derviches desarticulados. Recuerdo las risas y sujetarnos todos de los brazos y cuando lo recuerdo el pecho se me hace crema de un whisky añejo. Recuerdo que mientras giraba me abrazó por vez primera el Angel de la Soledad (me abrazaría muchas veces luego, pero esa fue la primera y tan real como la punta del cuchillo que me abrió la mano mientras despegaba hoy dos medallones de carne congelada). Mi amigo el Indio fue feliz por nosotros y nosotros por él.

Mi amigo dijo que estaba enfermo y no dijo qué tenía. Yo jamás se lo preguntaría, sólo me quedaría a su lado, regalándole mi estupidez o unas caricias o un mate o una planta de romero que siempre tengo en la ventana, cualquier cosa que le recuerde que yo lo quiero y que el amor no cura las enfermedades, pero te da alegría.

“Con los puños en alto deseando hacer la revolución, con una canción de amor”. Había una vez – Indio Solari.

La gente está muy mal. Algunos se rieron porque mi amigo apoyaba a tal o cual gobierno, por tanto ‘¡que te jodas hijo de puta!’, así de rabiosos, sí, sí, así. ‘¡Que te mueras millonario que la vas de pobre!’, tales son estas gentes. No los hubiera nombrado, pero leerlos me hizo pensar más en mi amigo el Indio. Yo también discrepo con mi amigo en muchas cosas, no en las esenciales. Con todos mis amigos discrepo y con todos dialogo (y con David me mato a trompadas porque nos gusta boxear mientras hablamos), porque los amo y ellos me aman y el amor te da el super poder de mirar por los ojos del otro. Entonces el diálogo se vuelve evolución. No creo en otra evolución que la del diálogo. Creo también que Sócrates se interesaba por algo parecido a esto.

Yo soy un traidor, visto desde afuera todo un traidor. Me alejo de muchos compañeros, de personas, no fuerzo ninguna relación, no repito las reuniones por inercia. Todo un traidor. Sin embargo Ezequiel que bailó conmigo y Fede que me dice lo que tengo que hacer y lo hago y Jose que no cree en los fantasmas que mueven hamacas y David que me caga a palos y Boni que me leyó el Libro Naranja de Osho y el Indio que me canta pastillitas en la oreja y algunos otros que no veo nunca, saben que yo los quiero y yo sé que ellos me quieren. Punto.

Patricio ReyCreo en eso del diálogo, creo en lo de Sócrates y creo que con mi amigo el Indio, a diferencia de los demás amigos, tengo una deuda impagable. Nunca le pude dar nada, pero nada de nada. Es verdad que en sus conciertos perdí la voz y lloré como un crío sin madre. Pero eso no fue para él tan precioso como para mí su música, sus palabras.

Creo también que los mensajes vuelan, no las palabras y los textos, los mensajes. Si pienso en vos es un mensaje, si escribo un libro o grabo un disco o bailo por vos es un mensaje. Vuelan. Y muchos mensajes volando penetran las paredes de la pieza oscura de tu amigo y soplan un vientito, mueven la cortina, acarician por la noche. En eso creo.

La gente está mal. Yo soy la gente y estoy mal, yo tengo un corazón al que le han bebido casi todo el jugo y se esconde vil bajo la mesa en el temblor, yo estoy muy mal también. Y, a pesar de ello, ¿cómo podría no ya desear el mal, sino dejar de enviar mi amor a mi amigo? En un rapto de estupidez atroz, igual que el niño que dispara una flecha al sol suponiendo que porque lo ve puede pegarle, pienso fuerte: ‘amigo te quiero y hacia dónde vayas voy con vos, de la mano, a mil corderos de distancia de tu cuerpo lobo como el mío, con más penas, con esta lánguida soledad de amante’.