La Educación Del Oso

La educación del oso

Tengo un problema con la educación (y con los grupos de reencuentro de ex compañeros de Facebook). Siempre odié el colegio, con todo mi ser. En el secundario aprovechaba las veinticinco faltas permitidas, estiraba escandalosamente los recreos y participaba del Centro de Estudiantes para no quedarme dentro del aula. Era enfermante transitar ese tedio asfixiante al que llamaban ‘clases’. Yo no era era un alumno brillante, de estos que se aburren porque ya lo saben todo. Entendía lo que entiende cualquiera. No tuve un trastorno de déficit de atención e hiperactividad, invento contemporáneo de la industria farmacéutica para ampliar su mercado y vender medicación a los niños (lo llaman TDAH, porque las siglas dan a la supuesta patología el carácter serio de una enfermedad y evita a los padres sentir culpa por drogar a sus hijos). No sacaba notas sobresalientes, pero tampoco reprobaba materias. Muy a duras penas, luché para acomodarme dentro de esa media y utilicé sin culpa diferentes estrategias: estudié, copié y adulé falsamente a profesores influenciables. Y tuve éxito. Sin embargo, odiaba la escuela.

Debería escribir todo un libro sobre esto, no un post. Advierto: lo que sigue será un apunte de ideas, algo extenso y que no te aportará mucho.  

Me había vuelto muy reflexivo, sí. Y contaba con herramientas para enfrentar el dolor y la desesperanza; pero una inviolable puerta de hierro me separaba del patio de atrás de mi propia casa, dónde quedaron para siempre los soldaditos y los legos.

Es domingo, son las siete de la tarde. Invierno. Rosario se desgasta en paredes blancas y musgo. En casa, mamá plancha los guardapolvos de tres hijos. Huele a tela caliente y jabón de lavado (aún hoy me da nervios pasar por la puerta de una tintorería. El reflejo condicionado funciona). El canal local repasa los resultados de los partidos de fútbol. Mi panza duele. Se estruje. Tengo nueve años y voy a cuarto grado. Mañana será un día normal, pero no logro encajar la idea de que estaré sentado en una silla durante siete horas y sólo dispondré de cuarenta minutos libres distribuidos en tres escuálidos recreos. Nervios y hastío. Ahora son las siete de la mañana de un lunes de 1990. He  cumplido quince años. Prometí que llegaría al examen habiendo estudiado al menos una semana, pero recién reuní coraje el sábado por la tarde. Me fallan las piernas al caminar. La profesora, harpía, sádica, irrespetuosa, nos ordenó conocer el proceso completo de la comida desde que la tragamos hasta que la expulsamos por el culo y, como no hago más que cagar desde el domingo al mediodía, creo que podría llenarle su escritorio del producto más auténtico que su capacidad docente puede extraer de sus pupilos.

Anthony De Mello fue un cura jesuita ligado al hinduísmo. En uno de sus libros cuenta la historia de un hombre al que convierten en reloj. El pobre se volvía loco por la perspectiva de una eternidad moviéndose únicamente entre un tic y un tac. En medio de su insonoro llanto, se le apareció Dios o algún santo y le indicó: “Concéntrate en cada tic y en cada tac, no pienses más allá. Un tic, un tac. Siempre en presente”. Una madrugada, en plena borrachera, hablaba de esta historia con un amigo, también ebrio. Vinculándola al colegio y, luego, a nuestros trabajos, la encontramos iluminadora y practicable. Nos llenó de esperanza. El lunes al despertar me acordé de los muertos de todos los relojes de pared, de los curas jesuitas y de la sabiduría oriental. A lo que voy: si la escuela fuera un centro para la iluminación con influencias hinduistas, entonces su método podría ser apropiado.

¡La universidad fue tan diferente! Me reconocí, recién allí, un entusiasta de los libros y las lecturas intrincadas. Al final me simpatizaban las discusiones que habían ocurrido trescientos años atrás. Incluso pensé que podría vivir mi entera vida rodeado únicamente de testimonios impresos desde cráneos que ya son polvo y gusanos. Sin embargo, como la víctima de una ablación, me daba cuenta de que habían cercenado en mí un atributo ligado íntimamente a mi felicidad y mi realización personal. Me había vuelto muy reflexivo, sí. Y contaba con herramientas para enfrentar el dolor y la desesperanza; pero una inviolable puerta de hierro me separaba del patio de atrás de mi propia casa, dónde quedaron para siempre los soldaditos y los legos.

Escucho decir muchas veces que la educación, aunque esté mal planteada y no sea la más adecuada, es necesaria. Es esa educación la que nos permite conocer los códigos sociales básicos, dominar nuestros impulsos más bestiales y relacionarnos en forma racional (o al menos no matarnos entre todos).

La solución para mis dolores de panza de hoy lunes, que tengo nueve años, es la medicación que produce la farmacéutica que dopa a los chicos hiperactivos y que me inyectará su versión más potente cuando tenga quince y me cague encima antes de un examen

Esa premisa que las instituciones oficiales argumentan cada vez que se plantea que los colegios sólo sirven para martirizar y someter la voluntad y la creatividad de los niños, parte de la creencia en un ser humano esencialmente malo que debe ser domeñado. También creen esto los domadores de osos, que se meten a una jaula con ese bellísimo animal y le mandan a ejecutar payasadas que diviertan a un atajo de asnos. Para conseguirlo deben capturarlos de pequeños, pues un oso adulto es difícil de quebrar, arrancarles las uñas, quemarles el cuerpo, molerlos a palos, extraerles líquidos, rasgarlos a latigazos, desnutrirlos, cortarles la piel. Así el oso aprende y, sometido, baila sobre una pelota y saluda con su pata muñón a la turba enferma. Un domador exitoso es, en definitiva, un desalmado y perfecto torturador. Subyugar al oso hasta ese extremo es necesario primero y principal, porque es lo que el dueño del circo necesita para obtener rédito. Segundo, porque si su espíritu no ha sido completamente aplastado, ese oso no llevará bien el hecho de meterse en un vagón oscuro, desterrado y sucio, para viajar por el cemento del mundo, cuando bien sabe que él es el rey del bosque, el que se come la miel y los conejos de un zarpazo. La conciencia de su poder puede volverlo libre.

Caigo por este razonamiento en el cuento repetido de que la escuela no es un sistema de formación de ciudadanos libres que concurrirán hacia una vida tranquila y racional en su entorno social, sino un servicio de domesticación de futuros trabajadores que deben aprender a encerrarse sin chistar en una caja fuerte durante todo el día, en lugar de vivenciar sus capacidades creativas, reservadas a los hijos menores de los dueños de las corporaciones. Considero que ésta es una realidad tan real como que siempre te toca en el súper el carrito de las ruedas rotas y el guante de plástico dentro.

Pero discurría yo por otra línea argumental que considero importante: la necesidad de una escuela primaria y una secundaria como la sufrimos y conocemos, es consecuencia de pensar que el ser humano es un salvaje malo que debe volverse bonachón. Los sistemas educativos alternativos a la dictadura que pregonan los Estados y las Iglesias, saben que esa es una vulgar y vil mentira. Pero, incluso en el caso de que fuéramos esas bestias, bastaría con impedir el incesto y el asesinato (el canibalismo) para empezar a construir una sociedad menos violenta. Es ahí dónde Freud, por ejemplo, ubica el nacimiento de la cultura. Eso han hecho la mayoría de las sociedades que habitaron la Tierra. Sin embargo, la nuestra, la racional, la del contrato social, ha adoptado un sistema escolar hostil a la realización personal del ser humano. ¿Por qué?

Igualmente, el problema soy yo, el problema es que no me conmueven las reuniones de Facebook por los veinte años de colegio.

La escuela responde una necesidad de producción y, como tal, es una herramienta para el mantenimiento de un sistema de poder y dominación. Un brillante estudiante de clase media termina su segundo doctorado, el de economía, y ocupa la vicepresidencia de una empresa cotizada en bolsa. Un día el Viagra se ensaña con el corazón del dueño de la empresa y lo mata de un paro. Lo reemplaza su hijo (y no el doctor brillante), que ha hecho una maestría a distancia y se ha recuperado de la adicción a la heroína metiéndose un poco de coca cada jueves y festivos. Tres mil quinientos empleados resisten dentro de la misma empresa, gastando once horas al día fuera de casa, a cambio de un salario con el que pagan un alquiler en los suburbios y la comida del mes, gracias a que han sido domesticados en una escuela oficial, recibiendo clases del mismo maestro que le partió la columna al oso. Ellos tampoco pudieron zampárselo de un bocado, porque les habían limado los dientes hasta las encías, porque el domador se les metió en las tripas y desde allí los sigue pinchando cuando no se saben la lección, sacándoles por el ombligo un chorrito de líquido tan amargo y espeso como la desangelada espuma de la boca del oso.

El millonario muerto, padre del yonqui y dueño de la megaempresa también es propietario de las escuelas y paga al domador, a la harpía sádica de mi profesora y al representante del estado que evalúa a los colegios según criterios internacionales de calidad. La solución para mis dolores de panza de hoy lunes, que tengo nueve años, es la medicación que produce la farmacéutica que dopa a los chicos hiperactivos y que me inyectará su versión más potente cuando tenga quince y me cague encima antes de un examen.

Igualmente, el problema soy yo, el problema es que no me conmueven las reuniones de Facebook por los veinte años de colegio. Me he vuelto un asqueroso insensible. Tampoco es tan grave, peores son los terremotos, los caramelos de anís y la inminente guerra entre las dos Coreas. A propósito, qué ganas de apretarle los cachetes a Kim Jong-un (ese gordito vestido de militar por el que lloran las coreanas adolescentes vestidas de militar). Gordito bonito, pelotita hot, mi osito mimosito.

Foto por: Lori Semprevio