Caminar como Thoreau

Caminar como Thoreau

“Caminar” se llama la joya de bolsillo de Henry David Thoreau. Un librito para empezar a leer el sábado por la mañana y meditarlo por la noche. Mucho mejor si te lo llevas de compañero de acampada o a una excursión por la montaña.

Las reflexiones de este pensador son como un tornado que se mete por la puerta de tu casa y sale por la ventana del fondo, vaciándola de todo el mobiliario, pero dejando la estructura intacta. “Ahí la tienes”, parece decirte Thoreau, “tu vida sin tocar, todo lo demás nunca ha sido importante, nunca te ha servido para nada. Empieza de nuevo”.

No voy a hablar mucho sobre el autor, porque basta con buscar la info en Google. Sólo por contextualizar, diré que es muy conocido su retiro al bosque para alcanzar niveles más profundos de reflexión, como un asceta sin más credo que la naturaleza y su propia lucidez. Por eso la lectura de sus libros nos inquieta sin remedio, porque el que nos habla es un escritor de vida, no de historias. Thoreau no te dice que te patea, Thoreau te patea.

Caminar refiere a la actividad física de andar que practicaba Thoreau. El sabio itinerante atravesaba los bosques durante horas, días, sin un destino predeterminado, persiguiendo una fusión auténtica de su ser con la Naturaleza.

Los artesanos y comerciantes pienso que son dignos de admiración por no haberse suicidado hace mucho tiempo.

El término que gusta pronunciar Thoreau para referir a caminar es sauntering (traducido como deambular, que me resulta todavía más atractivo que caminar), cuya etimología refiere a la persona ociosa que “vagaba en la Edad Media por el campo y pedía limosna so pretexto de encaminarse a la Tierra Santa. Quienes en su caminar no se dirijan a Tierra Santa, serán simples holgazanes”, por eso “cada caminata es una especie de cruzada para reconquistar esta Tierra Santa”. En su propia definición Thoreau deja en claro que no cualquier caminar corresponde con su práctica. Su objetivo tiene que ser siempre esa Tierra Santa que el autor entiende en la unión entre el hombre y la naturaleza. Para Thoreau el Caminante es un cuarto estado, independiente de la Iglesia, la Nobleza y el Pueblo.

Voy a hacer ahora como esas páginas de internet que citan ejemplos y clasifican por tema, para que la gente pueda presumir de haber leído al autor y pegue las quotes en sus muros del feisbuc.

Riqueza y pertenencia: “Ninguna riqueza es capaz de comprar el necesario tiempo libre, la libertad y la independencia que constituyen el capital en esta profesión. Llegar a ser caminante requiere un designio directo del Cielo”. Pensaba en esta reflexión mientras leía unas anotaciones del diario de Kafka, en las que se lamentaba profundamente de lo que entendía por mala capacidad artística y pobre voluntad para escribir, debido al cansancio que le provocaba su jornada de trabajo, el insomnio por haber intentado escribir la noche anterior, y los dolores de cabeza consecuencia de tal insomnio. A la libertad de esas ataduras se refiere Thoreau. Y, para aclararlo, el párrafo siguiente.

Trabajo (dignidad de no matarse): “Cuando recuerdo que los artesanos y los comerciantes se quedan en sus establecimientos (el día entero), sin moverse, con las piernas cruzadas, como si las piernas se hubieran hecho para sentarse y no para estar de pie o caminar, pienso que son dignos de admiración por no haberse suicidado hace mucho tiempo”.

Les decimos a los chicos que se adapten, que lo mejor es meterse a funcionarios; estudiar y postular para gerente de banco; ser doctores. Cuando los chicos protesten, recordemos que ellos están más cerca del genio de Thoreau que nosotros, que elegimos ser timoratos, vendesueños, que elegimos sentarnos.

Bendito entre todos los mortales quien no pierda un instante de su fugaz vida en recordar el pasado.

Conciencia (religión verdadera, espiritualidad, zen): “Me alarmo cuando ocurre que he caminado una milla hacia los bosques sin estar yendo hacia ellos en espíritu. Pero a veces no puedo sacudirme fácilmente el pueblo. Me viene a la cabeza el recuerdo de alguna ocupación y ya no estoy donde mi cuerpo, sino fuera de mí. ¿Qué pinto en los bosques si estoy pensando en otras cosas?”.

Es notable cómo a pesar de haber hecho el esfuerzo de irse a vivir fuera del pueblo, Thoreau confiesa la intrusión de esos pensamientos y su lucha contra ellos. Deberíamos comprender de una vez al terrible demonio que nos estamos enfrentando en nuestro combate contra las preocupaciones, sobre todo los que nos sumergimos a diario en tareas interminables. Ya advertía Séneca que si vas a elegir un trabajo, que sea uno que termine con el final de tu día y no aquél que se mantendrá repicando en tu cabeza durante la noche.

El diablo y el agrimensor: Con una visión muy parecida al Martín Fierro, la Biblia argentina que narra la vida de un gaucho durante el comienzo de la civilización simbolizada por la división de parcelas de la llanura pampeana, Thoreau cuenta que en uno de sus paseos vio a un “miserable profano” ocupándose de sus lindes junto a un agrimensor, mientras “la gloria se manifestaba en su derredor y él no veía los ángeles yendo y viniendo sino que se dedicaba a buscar el viejo hoyo de un poste en medio del paraíso”. Su descripción final es fabulosa: “Lo vi de pie en medio de un tenebroso pantano, rodeado de diablos y mirando más de cerca vi que el Príncipe de las Tinieblas era el agrimensor”.

Intuición (magnetismo de la naturaleza): “Existe en la Naturaleza un sutil magnetismo y, si cedemos a él, nos dirigirá correctamente”. Una sentencia contra el racionalismo. Mejor, una oda a la intuición que está en íntima conexión con la Naturaleza, no como un objeto extraño, sino como esencia misma del hombre. En definitiva, caminar es el proceso por el cuál volvemos a reconocer que la división entre el ser y la Naturaleza es ficticia.

Vida salvaje o domesticada: “La vida está en armonía con lo salvaje. Lo más vivo es lo más salvaje. En literatura, sólo lo salvaje nos atrae. El aburrimiento no es sino otro nombre de la domesticación. La perdiz adora los guisantes, pero no los que la acompañan en la cazuela. En fin, que todas las cosas buenas son salvajes y libres”.

La aventura salvaje por sobre la ambición intelectual: “Mi deseo de conocimiento es intermitente; pero el de bañar mi mente en atmósferas ignoradas por mis pies es perenne y constante”.

Sabiduría y libertad: “¡Vive libre, hijo de la niebla! El hombre que se permite la libertad de vivir es superior a todas las leyes, en virtud a su relación con el legislador.” Y citando el Vishnu Purana, dice: “Es sabiduría la que sirve a nuestra liberación: todos los demás servicios sólo valen para agotarnos, todas las demás sabidurías sólo son habilidades de artista”.

La perdiz adora los guisantes, pero no los que la acompañan en la cazuela.

Ya vemos que el ser escritor es apenas un medio para su propia realización. Thoreau fue un explorador de su alma insondable. En este párrafo, que corona una reflexión más extensa sobre la relación del hombre con las leyes, queda en evidencia que los saberes, cualesquiera sea su condición, están sometidos siempre al del conocimiento de sí mismo, como estandarte más valioso. Además, ese saber sobre sí mismo sólo puede realizarse a través de la libertad y, para ello, tenemos que aprender a confiar en la niebla, esa niebla que representa la falta de seguridad o de sustento de cualquier conocimiento que no sea un saber esencial. Como en todos los libros de Thoreau, queda expuesta su crítica o cuestionamiento a las formas sociales establecidas, no para destruirlas, sino para liberar al hombre de sus cadenas que le impiden una realización más profunda.

Conciencia (en el sentido más oriental): “Sobre todo, no podemos permitirnos el lujo de no vivir en el presente. Bendito entre todos los mortales quien no pierda un instante de su fugaz vida en recordar el pasado. Nuestra filosofía envejecerá a menos que escuche el canto del gallo de cada corral que haya en nuestro horizonte.” Todo lo que se detiene, envejece y muere. En este maravilloso párrafo el caminar cobra su doble sentido en plenitud, el literal y el metafórico, como comparación de la evolución intelectual y espiritual del ser humano.
Las descripciones sobre la naturaleza que contiene este librito son liberadoras. Thoreau nos enseña constantemente escenarios boscosos, verdes, de agua fluida y pájaros cantando, parajes dentro de los cuáles construye un saber que deberíamos aplicar ahora mismo, en nuestra vida ajetreada y desilusionante, para intentar convertirla en algo un poco más parecido a lo que alguna vez soñamos.

Foto: La tumba de Henry D. Thoreau por Lil West