A la diestra de la izquierda, todo es derecha

El tipo peinaba los rizos con un gel duro, estirándolos sobre la cabeza igual que mi abuela a los tallarines del domingo. Sonreía labios de madera. La corbata se le anudaba sobre la piel del cuello, rebelándose al último e impotente botón de la camisa. Pensé en ese redondito de plástico distanciado para siempre del ojal y me entristecí. Habían sido hechos el uno para el otro y ahora naufragaban en el destino impío del distanciamiento. “¿Lo vas a comprar?”, me dijo Corbataencuello. Asentí, me disculpé.

Ni la izquierda ni la derecha, ni lo público ni lo privado, la gestión. Gestión, palabra mágica que borra oposiciones, concepto englobalotodo crecido en un centro imaginario, que ensombrece con sus ramas frondosas a todo lo que asoma a sus veras

“Es que hay gente que viene a mirar; tocan, husmean y luego no llevan nada”, aclaró. “Ahá”, le respondí y extendí un billete de veinte. El silencio normalmente incomoda a los parlanchines que, culposos por haber hablado de más, sienten un irrefrenable deseo de dotar de un sentido cerrado y perfecto a sus frases, empresa tan estéril como la de unir las estrellas del cielo con un lápiz o encontrar el gusto artístico al palo dorado de Calatrava en la entrada norte de Madrid. “Como estamos en una zona llena de perroflautas y extranjeros… y no digo que no tengan dinero para comprar, ¿sabe?, los sudamericanos sobre todo, pero tocan mucho, prueban, husmean. No lo sé, serán las costumbres de su país”, oscureció al aclarar. “Mmm”, respondí y recibí las monedas y el pequeño cartel de Prohibido el Paso que me habían encargado en mi comunidad. “La culpa no la tiene la gente”, continuó, “la tienen los que les mienten con promesas por izquierda y por derecha. Usan esas palabras para engañarlos, para que vengan o se vayan. Y aquí no interesa la izquierda o la derecha, lo público o lo privado, ese es un debate antiguo, muerto, aquí lo único que importa es la gestión, ¿sabe? Discúlpeme por apasionarme, pero con las elecciones por delante. Gestión, eso es lo que importa, lo de…”

Le pedí que le explicara su historia a mi parte de atrás y salí frotando una moneda de cinco céntimos entre gordo e índice. Gestión, gestión, gestión. Había escuchado eso antes, lo escuché en la radio, en la tele, en los bares. Gestión, lo importante es la gestión. Ni la izquierda ni la derecha, ni lo público ni lo privado, la gestión. Gestión, palabra mágica que borra oposiciones, concepto englobalotodo crecido en un centro imaginario, que ensombrece con sus ramas frondosas a todo lo que asoma a sus veras (incluido el pimentón).

Pensé en cosas elementales: el 5 por ciento de la población es dueña del poder financiero, el resto somos basuras cuya sangre hace cada vez más rico a ese minúsculo grupo. Y seguimos sin tener los medios de producción. Sin embargo, cuando votamos, las elecciones no terminan 95 a 5. Pensé: si llamamos izquierda al movimiento que quiere reparar esta injusticia histórica, entonces el eje izquierda-derecha estaría más vigente que nunca.

¿Cómo se gestiona esta injusticia? La palabra gestión es un estropajo puesto en el medio de un río para detener su avance. Inverosímil; salvo que reduzcamos esa herida sangrante y fundacional de nuestras sociedades a unas gotas de agua derramadas sobre el piso de la cocina. Entonces sí, el estropajo cobra sentido, podemos repetirnos que el río no existe, que eso era antes, que basta con secar un poquito el suelo y abrir bien las ventanas.

Con lo bonito que sería cerrar los ojos y mirar la tele al mismo tiempo. Pensar te jode la vida. Muchas veces sólo te enreda. Una ruleta brillante es girada por la mano dorada de un presentador muy gracioso. Me río sin abrir los ojos, pero no está oscuro, hay luz, flashes, estrépitos. La pelotita se detiene en la letra P. “¡Perfecto!”, grito y el presentador dice que no, que era “Pimentón”. Te jode la vida. Pensé también en el día que confundí el pimentón de la vera dulce con el picante y me cargué un pulpo. Con lo que cuesta cocinar bien esos bichos.

Dijo Jaume Perich que ser pobre y de derechas es como ser puta y encima pagar tú el polvo. Entonces, ¡puta! ¿por qué seguimos pagando el polvo? ¿Dónde está el problema? El problema (uno de los muchos problemas, sólo que si no practico el reduccionismo, no vuelvo a escribir una entrada del blog) está en que se ha inventado un centro que no existe. Izquierda y derecha no son extremos de una recta, ni puntos alejados en el espacio, sino formas de comprender a la propia naturaleza humana y a las relaciones que establecemos en la sociedad. No existe ningún centro entre ambos.

Resumiendo que empieza el fútbol

La derecha es el grupo responsable de implementar las políticas que perpetúan el poder (hoy el poder financiero) del 5 por ciento de la humanidad, que no está para nada interesada en el bienestar del otro 95 por ciento. ¿Quiénes lo votan? Los millonarios (el 5 por ciento) y la parte más alienada de la sociedad.

La izquierda es el grupo que toma conciencia del lugar que le toca. No poseemos los medios de producción, somos dependientes del capital financiero, de las empresas que nos emplean y escupen, de los banqueros que nos endeudan, los narcotraficantes y los blanqueadores que nos infectan.

Es un peligro para el poder que sólo existan dos posiciones, pues un gobierno malo de la derecha puede dar como resultado un gobierno posterior de la izquierda, quitándole derechos a una minoría que no quiere ceder nada. Entonces aparece el centro, se inventa el centro. El centro es una posición ficticia. Es otra forma de representar los intereses de la minoría, haciéndolos pasar por los de la mayoría. Dónde la derecha dice que “hay que privatizar la salud para volverla eficiente”, el centro se opone enfáticamente y asevera: “No hay que privatizar, hay que gestionar” Al final siempre agrega algo del tipo: “Y no importa tanto si la salud es pública o privada, sino que se gestione correctamente”. La izquierda, evidentemente, dice que lo público es público y sagrado y que un valor superior como la salud jamás puede someterse a un valor menor como la economía.

El centro es una posición ficticia. Es otra forma de representar los intereses de la minoría, haciéndolos pasar por los de una mayoría.

El centro, además, les da una excusa sensata a los subyugados que van reconociendo el problema, pero no tienen el coraje de trabajar por la solución. Tus padres han cumplido los ochenta y necesitan cuidado. Tienes la opción de pegarles un tiro en la frente con tu revolver Donald Trump o cuidarlos como ellos lo han hecho contigo cuando eras niño. El centro es el médico que te dice “no te preocupes, tus padres estarán fenomenal en mi hospital. Acondicionamos las salas igual que sus casas y les damos clases de yoga y crochet. Te recomiendo además no visitarlos nunca, porque el verte les puede generar emociones fuertes para su corazón débil. Vete y disfruta, que para eso eres un chaval y la vida es muy corta. Nosotros te avisamos cuando mueran”. Te relajas, enciendes la tele, cierras los ojos: “Yo no he abandonado a mis padres, el médico me lo ha pedido, es lo mejor para todos, ellos gestionan su salud”, gira la ruleta, la mano dorada, la sonrisa dorada, el hermoso presentador dorado y la dorada pelotita que se detiene en la punta del palo dorado: “¡Calatraba!”.

Para terminar, una significación que emana del concepto centro es el de ser el sitio más alejado de los extremos. Es la consecuencia lógica de situarlo en una zona geográfica o en mitad de un segmento. A esta noción se asocian palabras como cordura (un loco siempre está descentrado), moderación (porque el centro no es tan rapado ni tan coletas), reflexión (la pasión es un sentimiento arrojado siempre a los bordes), etc. Las palabras nos engañan todo el tiempo, en esto tenía razón Corbataencuello. Somos encandilados igual que los niños que lloran porque el mago ha cortado en tres a la mujer de la caja.

Qué pesado con tus tonterías, me digo. Cierro los ojos, el presentador cierra el programa. Su corbata se anuda perfectamente sobre la camisa. Es delgado, es mi tipo. Señala hacia un lado y grita: “¡Radicales a la izquierda!”. Y ahí vamos todos, creyendo que la izquierda la tenemos a un costado, cuando la izquierda vive en el mismo lugar dónde guardamos el aire y la consciencia y el hambre y las ganas de zamparnos un pollo. La izquierda vive tan cerca que ni si quiera nos vemos.