Una vida vale más que un sol (lo que aprendí con Santiago)

Nací en Argentina en el 75 y me crié temiendo a los militares genocidas. El miedo se metió en mi cuerpo en forma de retorcijones y dolor de pies, me estiró la nuca y recortó el cuello, el miedo me coció la boca. Y  no solo a mí, pues durante varios años tras la caída de la dictadura, si alguien sacaba el tema de los desaparecidos se convenía en que ‘si te portabas bien, no pasaba nada’. Si te portabas bien, si te inclinabas ante el patrón y el cura, si te ibas del trabajo a tu casa, si te concentrabas en procrear y festejar tu mundial, si no te interesabas por la suerte del otro ni por ayudar al prójimo, si te olvidabas del arte y la reflexión y los diálogos existenciales y la mesa con amigos de la facu o el sindicato. Entonces, aunque hubiera una dictadura, no pasaba nada.

Que no pasara nada estaba bien, era todo lo que debías desear. Que no pasara nada, que no vinieran por la noche, patearan la puerta de tu casa, se llevaran a tu marido y a vos embarazados, los metieran en un cuarto frío, lo apalearan a él delante tuyo, le reventaran las pelotas con la picana, le arrancaran las uñas de los pies y de las manos y volvieran a apalearlo, mientras te decían al oído que lo mismo le harían al hijo que llevabas en el vientre. Eso es lo que hacían los demonios. Y después, cuando tu marido enloquecía del dolor y por pensar cómo salvarte y qué querían esos milicos, por qué les hacían esto si él era un profesor de matemáticas que había aparecido en la agenda de otro profesor de matemáticas aparecido en la agenda de otro… y no sabía a quién denunciar y deliraba algunos nombres, después, cuando habían pasado ya seis meses de tortura y el pelo y los dientes se te caían en manojos, no podías detener los temblores y el nenito en tu panza crecía hasta reventarte, después, te subían a una camilla (te aliviabas porque veías a un médico y creías que te ayudaría), te abrían el estómago sin anestesia, cortaban el cordón, te robaban a tu hijo, te dormían a palos y te metían en una bolsa negra. A tu marido ya lo habían puesto en otra, recordabas su nombre pero no el tuyo: Juan. Luego los demonios te arrojaron al mar, te chocaron otros cuerpos embolsados, los oíste gemir casi muertos, las olas te movieron, te hundieron, te mezclaron con el barro. Eso era que pasara algo. Ahora la frase tiene sentido: si te portabas bien, no pasaba nada.

Llegaron los noventa, aprendimos letras de rock, nos descocimos la boca y preguntamos a los adultos por qué no habían ayudado a sus hermanos. Nos respondieron que no sabían lo que pasaba, que se enteraron por El Juicio. Había habido un juicio ejemplar en democracia. Los demonios estaban en prisión y aún chillaban. No sabíamos nada, nos dijeron los adultos. Yo les creí. Claro que sí. Cómo iban a saberlo. Eran gente de bien, no se quedarían de brazos cruzados ante esa atrocidad que horrorizaba al mundo. Y habían madurado, tanto que estaban dispuestos a perdonar a los genocidas y aplaudieron el indulto. Era la hora de olvidar y seguir adelante, modernizarse, soltar el lastre, izar las velas, privatizar los teléfonos, la sanidad, la escuela, achicar el Estado, eliminar los trenes, pagar en dólares, entrar al mundo, como Europa y Carrefour.

El tiempo pasó y con dolor descubrimos que aquella modernidad no había existido nunca, ni había mundo al que insertarse. Nos habían robado el trabajo, la comida, la casa y el futuro. Reventó el corral, volvió la justicia y los demonios a la cárcel, donde esperamos que mueran sin paz. Pero se levantó la furia y hubo desenfreno, despilfarro, periodistas, elecciones y ahora hay un gobierno que quiere liberar a los demonios y golpea con el mismo ejército que desaparecía personas. Y cuando van a reprimir hacen lo suyo: apalean, disparan, se llevan a un chico que no vuelve. ¿Dónde está Santiago?

Entonces ocurre, como una flor de pus y de cicuta brotando en la oscuridad invernal, las voces de mi gente, de mis abuelos, padres, hijos, hermanos, amigos, tíos, primos, compañeros, la gente que amás, los que te ayudaron a empujar el auto y te prestaban guita si no llegabas para el morfi, flor de pus, esos que te juraban no saber nada se ríen y burlan de Santiago, de los muertos queridos, y cambian de canal y se quejan por la selección, que el clima sigue lluvioso y que seguro era un terrorista, ‘otra milanesa, todos montoneros, gol de Uruguay, te lo dije, nos quedamos afuera, indios chilenos de mierda’. Una flor de pus que trae la epifanía que desearías no haber vivido nunca, y entendés que aquel genocidio, la desaparición de más de treinta mil hermanos, que aquella tragedia fue posible por la complicidad de la gente buena que te vendía el pan y te saludaba mateando en la puerta de su casa cada tardecita de noviembre.

Nuestros hermanos desaparecían porque los buenos vitoreaban a demonios, los adoraban chupando crucifijos y partes oficiales, porque la adorable tía que te cocinaba pastafrola dijo a todo el barrio que vos eras terrorista y que mejor que tu hijo no se criara con esas ideas, mejor la casa de un general. Terrorista vos, que solo eras la esposa de un profesor de matemáticas que apareció en la agenda de otro profesor, que apareció en la agenda… de Juan. Años más tarde, nos contaría tu tía que no sabía nada, que nunca se enteró que te llevaron, que los creyó exiliados, que vos eras buena chica y te gustaba el dulce de batata. Nos lo dijo entre lágrimas y le creímos, fue poquito antes de aplaudir el indulto, votar el progreso y encender el horno.

Ahora nos quieren volver a insertar en un mundo que no existe, modernizarnos y quitarnos más derechos, trenes, tierras y teatros. Y les decimos que no. Entonces lanzan sus esbirros y golpean, torturan, desaparecen a Santiago. ¿Dónde está Santiago? Dicen que así van a cerrar la grieta. Pero nosotros no queremos cerrar nada. Las heridas, como las venas latinas y la mente, las preferimos abiertas. Hemos aprendido, no dejamos de aprender; recorremos los bordes de la grieta y preguntamos a cada uno, a cada hombre bueno, a cada vecina gentil: ¿De qué lado vas a estar? En el nuestro hay lugar para (casi) todos y cada vez somos más. Porque somos solidarios, porque nos abrazamos y miramos a los ojos, porque vamos de la mano, consternados por el dolor ajeno, parando cada vez que alguien se cae, deteniendo el mundo si un compañero no aparece. No retrocedemos ni un paso, no tenemos nada que perder ni les tememos, y nunca jamás compartiremos libertad con los demonios, esos demonios tan demonios que creen que una vida no vale más que un sol.

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#ApariciónConVidaDeSantiagoMaldonado

Foto: Página de Facebook: ¿Dónde está Santiago Maldonado?