La muerte en las zapatillas

Suena el teléfono mientras camino hacia la estación de tren. Como un samurai desenfunda el sable sobre su caballo, yo saco el móvil del bolsillo y leo “número privado” sin dejar de andar, y me olvido de la llamada, miro mis pasos de zapatillas negras. ¡Esas zapatillas llevan catorce años conmigo! Están algo maltrechas, pero funcionan bien. Las compré en marzo del 2004, cuando Atocha se volvió nudo en el corazón, para usarlas en mi regreso a Argentina. Pero al llegar a Rosario me apretaron tanto los dedos que casi pierdo una uña. Será la humedad, pensé, y seguí la sugerencia de mi tío de llevárselas al zapatero del barrio.
—Está ahí enfrente, ¿no lo viste? En la galletitería.
La galletitería era una tienda que había sido galletitería durante mi infancia y luego fue muchas cosas que nadie recuerda. Para nosotros nunca dejó de ser la galletitería. ¿Qué otra cosa podía ser ese local? Si cuando te asomabas a la zapatería cerrada, ahí donde estaban apiladas las herramientas, pomada para lustre y un set de tacos y tacones, veías todavía las cajas de metal de galletitas sueltas. ¿Cuántos mocasines cabían en una lata de Sonrisas?
Lo cierto era que, al fin, el barrio le había otorgado membresía al zapatero, tipo amable, de oficio. Mi tío me acompañó: “Este es mi sobrino que volvió de España”, me palmeó el la espalda. Le dejé las zapatillas y las encajó en sus máquinas de torturas de suelas y puntas. Pasaron dos semanas, me las probé y seguían ajustándome un poco. “Casi cien por cien de humedad”, le dije. “Y el calor”, respondió y me ofreció un mate, mientras volvía a incrustar las zapatillas en los potros.
—¿Madrid es más seco?
—Sequísimo.
—Es eso, entonces. No se te hinchaban los dedos. Van a quedar fetén. Las dejamos ahí hasta que se estiren; tomate otro amargo.
Pasaron cinco semanas, dos pruebas y varios mates hasta que pude pisar sin dolor. Cuando quise pagarle me dijo que no, que la máquina estaba ahí, que no le costaba nada y que era amigo de mi tío: “Decile que no se olvide de la quiniela, hoy paga doble”.

Otra vez vivo en Madrid, a miles de kilómetros de Rosario, dentro de estas zapatillas estiradas, cómodas y maltrechas que me acaban de llevar hasta una estación y una vieja historia. Compraría un número de lotería, pero el tren está dando sus pitidos de partida. Corro, subo. La voz del vendedor de La Once se apaga detrás de las puertas cerradas, del convoy en marcha, de un locutor de ordenador que nos dice que nuestro destino es Atocha. El teléfono suena, “número privado”, atiendo. “Buenos días, soy Gaia…”. Eran del banco. Financié una caldera con ellos hace diez días (yo creí que lo hacía con la tienda del gas) y, por mi fidelidad, me ofrecen un seguro de vida a precio de saldo. Muchas gracias, no me interesa, le digo, pero la mujer argumenta que “si algo malo le ocurriese, Dios no lo permita, mejor si cuenta con dinero para resolverlo”.
¡Maravilloso! Olvidemos los eufemismos, afinemos el silogismo: Muero luego resuelvo, donde ‘luego’ no tiene el sentido cartesiano, sino el más coloquial y perturbador de ‘después’. El seguro de vida es una especie de superpoder que te habilita a resolver tu vida una vez que has dejado de existir. Tu última gran acción, tu epopeya.
A lo serio. La oferta es espectacular: me dan doscientos mil euros por morirme en España y ¡medio millón por estirar la pata en el extranjero! Con lo que sufrió el bolsillo cuando compré la caldera. Calderilla. Dan ganas de viajar a Polonia y pegarse un tiro.
—¿Señor? ¿Se está riendo?
—Perdone, Gaia, mujer sabia. Qué bonito nombre. Es que le estaba dando una vuelta a su propuesta. La palmo en Polonia, usted me da el premio gordo y, cuando subo a la barca, le dejo un sobre con 250 mil a Caronte. Pero tengo mis dudas, ¿sabe?, los griegos son un poco enrevesados, mucho baile y poca pizarra, y ya una vez que uno está finado no las tiene todas consigo para negociar, ¿me entiende? —pensé—. No, no me río, fue un estornudo —respondí y, muy resolutivo, le pedí que me dejara consultarlo con mi mujer.
—Lo llamaré pronto. Lo antes posible, el tiempo corre y uno nunca sabe…

En la siguiente estación salen algunos, sube una pareja que escucha Calle 13 sin cascos y mis zapatillas golpean de alegría sus puntas: “Puedo brincar la cuerda con solo una pierna, veo en la oscuridad sin usar una linterna”. Qué bonita canción de amor, pienso y canto: “Por tí, todo lo que hago lo hago por tí”, pero el tema se corta en seco de un disparo. ¡Pum! Me enderezo y apoyo toda la suela. Busco en el teléfono el nombre de la canción: “Muerte en Hawaii”. ¡No jodas! ¿Y si la del teléfono fuera…? ¡Deja ya tus películas, paranoico! Este es el mundo racional, el de las vías rectas, de las montañas verdes que apuntan hacia el cielo y los frutos que maduran y caen, indefectiblemente. Mundo lógico. El tren hace un ruido a chispazos en el techo. Me pongo los auriculares y elijo el piano de Thelonious Monk. Muevo los dedos dentro de las zapatillas. Gano espacio. Aire.

El zapatero murió poco después de cebarme el primer mate. Una enfermedad misteriosa y repentina. Mi tío murió cuando todavía no habíamos terminado de comentar la pérdida del amigo común; me dejó llorando igual que se llora a un padre. Bukowski era escritor, adoraba la bebida y apostaba a los caballos. Mi tío era cantante de jazz, lo mismo con la bebida y coqueteaba con la timba. A Bukowski, cuando cumplió los veinte años, le aseguró un médico que la bebida iba a matarlo. Y acertó, lo liquidó a los setenta y cuatro. La ciencia no falla, el fruto maduro no tiene opción: cae. Otro médico le hizo unos estudios a mi tío y también concluyó que debía abandonar la bebida.
—¿Ni el vasito de las comidas, doctor? Es bueno para el corazón. Y aclara la voz.
—Déjelo ya, Raúl. Tiene sesenta años y la cosa no pinta bien. Regale cualquier botella que tenga en casa —dijo el galeno señalando a mi tía—. Es un asunto muy serio.
Mi tío lo entendió a la primera e implementó un dispositivo que escapara a los controles de su esposa. El nuevo lugar de almacenaje sería su taller. Sus cómplices en la distribución y entrega, mi hermano, un tendero y yo. Es un asunto serio, nos advirtió. Así iniciamos el procedimiento que luego se conocería como just in time en el argot empresarial. Se trataba de que nunca se vaciara de vino una botella escondida en una caja de herramientas. Si nos pasábamos del litro no habría donde guardarlo, si no llegábamos a tiempo, dejábamos seca la garganta del cantante. Muy serio asunto. El tendero nos hacía pasar a un cuarto y con un embudo gigante, que parecía una montaña roja con la punta hacia abajo, llenaba una botella oscura hasta donde le indicábamos. El importe quedaba registrado en su libreta de fiado.
Así disfrutó mi tío de veinte años de vino extra, antes de partir con más de ochenta y dejarnos sin el jazz y las aventuras. También desapareció la galletitería debajo de un edificio y el almacén dentro de una cadena internacional de supermercados, que ya no vende vino suelto ni fia. Es lógico.
No está el mundo para fiarse de la gente, dice una mujer a su teléfono en el asiento de al lado en el tren. Habla sobre los participantes de un programa de la tele. Otra vez los chispazos en el techo, se bajan los chicos de Calle 13, sube más gente. En las ventanas las montañas han dejado el sitio a coches y portales. El locutor robótico dice que estamos llegando a Atocha. Me ajustan otra vez las zapatillas. Corre el tren y el tiempo y uno nunca sabe… Si muero gano y si vivo pierdo. Eso me dijo la mujer sabia del banco. Yo soy más de perder, pero qué tentador ese medio millón. Una bala en Polonia. Pronto llamará. Mi tío era el único que me llamaba en mi primera temporada en España. Antes de saludarme ya estaba imitando la trompeta de Mile Davis o cantando alguna de Sinatra. Raúl Terry era su nombre artístico. Abandonó su carrera por amor a mi tía. Va a llamar. Frena el tren, agradece el robot, la mujer que mira la tele afirma a su teléfono que cuando empiezas algo tienes que terminarlo, está convencida y es lógico, indefectible.